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Emigrar a Alemania: Una nena chiquita que no sabe cómo enfrentar el mundo.

Actualizado: hace 5 días

Estoy sentada en una silla en un aeropuerto gigante y desconocido, frente a la puerta de embarque, esperando a que salga mi vuelo hacia Frankfurt. Es el primer momento en el que empiezo a ser un poco más consciente de lo que estoy haciendo. Por un lado, no lo puedo creer; es como «lo logré»: eso que tanto venía soñando hace años finalmente se hace realidad. Y por otro lado, las lágrimas caen sin control y la soledad me invade, sintiéndome de nuevo como una nena chiquita que no sabe cómo enfrentar el mundo.


Está demasiado idealizado esto de emigrar. O sea, me encanta, no me arrepiento para nada, pero poco se habla de ese momento en donde cruzás la puerta en el aeropuerto sin mirar para atrás a tus padres porque no querés que te vean llorar. O tal vez soy yo la que no quería ver a sus padres llorar… Nadie te avisa de la angustia que aparece en la boca del estómago con la duda de «¿estoy haciendo lo correcto?». En esa sala de embarque entendí por primera vez que el duelo migratorio no empieza cuando aterrizás; empieza en ese instante en que dejás de pertenecer a tu presente y el futuro todavía es incierto. Ya no estás en tu casa, pero tampoco tenés un hogar al que llegar. La contradicción es durísima. Sentir que estás cumpliendo tu mayor anhelo y, al mismo tiempo, sentir que por dentro estás totalmente desarmada.


Cuando llegué a Frankfurt, después de más de 18 horas viajando, tuve un pequeño momento de descanso que duró muy poco. Había decidido ir a comer algo a un Starbucks del aeropuerto mientras esperaba que saliera mi tren hacia Leipzig. Apenas me senté en la mesa para comer, mi celular vibró. Era una notificación de Deutsche Bahn (la empresa de trenes alemana) avisando que el tren que había reservado con meses de antelación se había cancelado. En ese momento me frustré muchísimo: estaba cansada, sin dormir, me dolía la espalda, la cabeza, y todo eso sumado al cóctel de emociones con el que ya venía lidiando desde hacía horas. Venía saliendo todo a la perfección, tal como estaba planeado, y a último momento, sin motivo aparente, cancelaban el tren que era el último paso para llegar a destino.


Sin saber muy bien qué hacer, agarré mis cosas y, arrastrando una valija de 23 kilos (para ese momento ya estaba harta de lo mucho que pesaba), me dirigí al puesto de información en busca de una solución. Esa fue la primera vez que me di cuenta de lo eficiente que es el sistema alemán. Se me cruzaron por la cabeza miles de situaciones hipotéticas sobre cómo podía terminar todo, de las cuales la “peor” opción era tener que pasar una noche en Frankfurt y pagar un pasaje nuevo. Sin embargo, en el puesto de información me indicaron que debía tomarme un tren hacia la estación central de Frankfurt y que ahí me iban a asignar otro hacia Leipzig. Y eso fue exactamente lo que pasó. Llegué a la estación central y minutos más tarde estaba arriba de otro tren rumbo a mi nuevo destino.


Mirando por la ventana mientras el tren avanzaba a toda velocidad, sentí que la adrenalina y el estrés empezaban a disiparse para dejar lugar a un silencio distinto. Había resuelto el primer obstáculo en un idioma y un país que todavía no entendía. El sistema había funcionado a la perfección; los tiempos habían encajado y mi valija seguía conmigo. Todo afuera estaba bajo control y, aunque yo seguía insegura y desarmada internamente, esa sensación de la nena chiquita que no sabía cómo enfrentar el mundo empezaba a transformarse en la de una joven adulta que sí es capaz de enfrentar este desafío.



 
 
 

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