¿Por qué Alemania?
Actualizado: 19 sept
Si hay una pregunta que me hicieron mucho cuando conté que me iba, es: «¿Por qué Alemania?». Lo más común para una persona argentina es emigrar a España o Italia, pero yo decidí otra cosa. Nunca tuve, ni tengo, una respuesta única o específica. Siempre estuve interesada en este país y siempre fue la primera opción en mi lista de lugares donde me gustaría vivir. Sin embargo, con el tiempo entendí que hay una historia familiar que tiene mucho que ver con esa decisión.
Durante muchos años, la historia de Edith Alle Feuerstein (o la abuela Blanca, como la conocía la familia) estuvo enterrada. Nadie hablaba de ella ni de su pasado. Yo nunca la conocí; de hecho, fui consciente de su existencia recién en mi adolescencia y varios años después, ya siendo adulta, reconstruimos el árbol genealógico con mi madre y recién ahí conocí su historia completa.
La abuela Blanca no era la persona más querida de la familia. Varias veces escuché comentarios negativos sobre ella; sin embargo, cuando descubrí todo lo que había vivido, sentí una profunda admiración y al día de hoy tengo esa sensación de «me hubiera gustado conocerla». A partir de ese momento empecé a notar una conexión con ella que, eventualmente, me hizo entender en parte por qué terminé en Alemania.
No diría que me siento 100 % identificada con ella; mi historia es realmente muy distinta a la suya, pero hay algo… algo que no sé cómo explicar que me conecta con ella, y más ahora que vivo en Alemania. Edith Alle Feuerstein nació el 10 de noviembre de 1924 en Nueva York, Estados Unidos. Su madre fue Dora Ohme y su padre Hans Feuerstein, ambos alemanes. Dora emigró desde Hamburgo (norte de Alemania) hacia Estados Unidos en 1923. En algún momento, conoció a Hans, quien también había emigrado desde Schwabach (sur de Alemania) hacia Estados Unidos para trabajar. Hans y Dora se casaron el 24 de junio de 1924, cuando Dora estaba embarazada de unos cuatro meses. La teoría es que se casaron justamente por el embarazo, aunque tal vez no lo sabían y realmente estaban enamorados…
Hans era ingeniero mecánico y trabajaba para una empresa internacional en EE. UU., por lo que realizaba muchos viajes a Suiza, Países Bajos, e incluso a Colombia y Argentina. Sabemos, por los manifiestos de los barcos, que los Feuerstein eran una familia adinerada, porque no solo viajaban mucho, sino que lo hacían en primera clase, algo que para la época era muy costoso.
Aproximadamente en el año 1930, Hans y Dora se separaron. Nunca logramos encontrar el acta de divorcio, por lo que todo indica que legalmente nunca se divorciaron. Dora y la pequeña Edith, con unos siete u ocho años, se fueron a vivir a Argentina, mientras que Hans se quedó en Estados Unidos. El motivo por el que Dora y Edith eligieron Argentina no está claro, pero esa decisión llevó a que la abuela Blanca formara una familia allí. El 7 de octubre de 1944, en Argentina, con tan solo 19 años, Edith se casó con Antonio Thesz, un yugoslavo de 21 años que también había emigrado. El casamiento tuvo que ser aprobado por un juez de paz, ya que en ese momento Edith era menor de edad y ni su madre ni su padre estuvieron presentes. Ese matrimonio la hizo perder la ciudadanía alemana que había heredado de su padre por derecho de nacimiento. En aquel momento, solo los hombres transmitían la ciudadanía alemana y, si una mujer alemana se casaba con un hombre no alemán, la perdía automáticamente.
Por su parte, Hans, muy lejos de la vida de su hija, complicó aún más esta historia. En 1938, justo antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Hans volvió a Alemania, específicamente a Múnich, y decidió cambiar su apellido para pasar a llamarse John Völker. Hans había nacido el 6 de noviembre de 1902 en Schwabach, Alemania, hijo de Kunigunda Elise Feuerstein, una madre soltera que decidió nombrar a su hijo «Johann Thomas» y darle su propio apellido, ya que el padre en ese momento no lo había reconocido.
Nos llevó mucho tiempo encontrar el dato sobre el padre de Hans. En aquel momento estaba mal visto que una mujer fuera madre soltera; sin embargo, Kunigunda logró que la justicia obligara a Waldemar Völker a reconocer a Hans como su hijo biológico. Waldemar Völker era un comerciante que en ese entonces prestaba servicio como soldado en Potsdam (cerca de Berlín). No tenemos muy claro si, después de reconocer la paternidad, formó parte de la vida de Hans. Para 1922, Waldemar vivía en Leipzig con su esposa Gertrud y su hija recién nacida, Edith. Dos años después, Hans ya vivía en EE. UU. y tenía a su propia hija, Edith Alle. ¿Casualidad? No lo sé, pero fue un dato que descubrimos después de que yo decidiera irme a vivir a Leipzig, Alemania.
Hans realizó el cambio de apellido en Alemania para llevar finalmente el de su padre y regresó a Estados Unidos como John Völker. En 1941 se casó con Vernolian Augusta Schwarz en Brooklyn, omitiendo su matrimonio anterior con Dora y a su hija Edith con la intención de obtener la ciudadanía estadounidense. En uno de sus viajes a Europa, al regresar a EE. UU., lo detuvieron en Ellis Island (Nueva York) por considerarlo un «alien enemigo» (término usado en ese momento para referirse a los extranjeros), ya que, por ser alemán, sospechaban alguna relación con el régimen nazi. En 1946 consiguió la ciudadanía estadounidense.
En 1965, Hans y Vernolian se divorciaron y él, con 63 años, regresó a su pueblo natal, Schwabach. En este punto de la historia, Hans empezó a desarrollar su tercera vida y su tercera identidad como Johann Thomas Völker, llevando el apellido de su padre y el nombre que había elegido su madre. En Argentina, Dora y Edith siguieron con sus vidas. Después de su matrimonio con Antonio, Edith tuvo dos hijos, seis nietos y once bisnietos. Dora se volvió a casar con Enno y falleció en 1974.
En 1971, Hans se casó por tercera vez con Margarete Sprinzl Berger, una mujer viuda que tenía una hija de su matrimonio anterior, a la cual Hans adoptó legalmente en 1976 y le dio el apellido Völker. Hans murió el 7 de febrero de 1984 en Schärding, Austria.
Edith Alle mantuvo algún tipo de contacto con su padre durante todos esos años; de hecho, lo recibió en Argentina dos veces. Sin embargo, le tocó ser una hija abandonada, al igual que a Hans. La historia familiar se repitió tal cual. Hans, que había nacido de una madre soltera y crecido con un padre ausente que tardó en reconocerlo y nunca estuvo presente, terminó haciendo exactamente lo mismo con su propia sangre. Dejó a Edith a miles de kilómetros, borró su rastro para rehacer su vida en Estados Unidos y Alemania bajo distintas identidades, y en su tercer matrimonio adoptó legalmente a la hija de su nueva esposa, haciéndola su única heredera. Edith, su hija biológica —la que cargó con el desarraigo de haber sido llevada a Sudamérica y perdió su ciudadanía por casarse—, no recibió absolutamente nada. Durante décadas, la figura de la abuela Blanca quedó marcada en la familia por el resentimiento y el dolor de ese silencio. Pero cuando yo miro los documentos, las fechas, los mapas y los manifiestos, lo que veo no es una persona difícil: es una mujer atravesada por el abandono y las decisiones de otros.
La abuela Blanca murió en 2002 de Alzheimer. Se dice que, cuando una vida está atravesada por abandonos tempranos, cambios forzados, rupturas de identidad y rechazo vincular, el cerebro a veces recurre al olvido como un mecanismo de clausura. A Edith, su entorno ya la había «olvidado» o marginado emocionalmente en vida (con apodos que tapaban su nombre real y vínculos rotos). La pérdida de memoria termina materializando ese aislamiento: se borra del mundo que antes la borró a ella. Quien padece Alzheimer pierde el acceso consciente a su biografía, pero esa memoria no desaparece del sistema. Queda flotando como un vacío o un misterio que las generaciones siguientes sienten la necesidad inconsciente de investigar, reconstruir y nombrar.
En 2021, el gobierno alemán cambió las leyes, permitiendo que aquellas mujeres que perdieron su ciudadanía alemana por contraer matrimonio con un hombre no alemán la recuperaran, para que así sus descendientes también pudieran obtenerla. Ciento veinticuatro años después de que toda esta historia comenzara, la abuela Blanca tiene la posibilidad de recuperar la ciudadanía que le corresponde por derecho y yo me encuentro viviendo en Alemania para, tal vez, ¿cerrar el círculo?
No cargo con los traumas, ni con los secretos, ni con los enojos que quedaron atrapados en esta historia familiar, pero sí siento la necesidad de contar la historia, de ordenar las piezas y de darle a cada persona el lugar que le corresponde. Nombrar lo que durante décadas se calló es la única forma de que el pasado deje de ser un fantasma y pase a ser, simplemente, una historia.
Por eso, cuando hoy me preguntan «¿por qué Alemania?», entiendo que la respuesta nunca fue una casualidad geográfica ni un simple capricho de aventura. Sí, me gusta el frío, la nieve, viajar en tren y que haya reglas para todo, pero vine a Alemania con mis propias valijas, a hacer mi propio camino y a escribir mi propia historia, pero también a mirar el pasado de frente, desarmar el olvido y demostrar que, casi un siglo después, el desarraigo de la abuela Blanca no fue en vano. Al final, vivir en Alemania es una forma de cerrar el círculo y hacer las paces con la historia que me trajo hasta acá.
Simplemente me queda decir… gracias, Edith Alle Feuerstein.
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